• diciembre 18, 2025
  • Entre despedidas y nuevos comienzos

  • Regresa

  • Introducción

    Hoy queremos hablar acerca de la migración y de cómo este proceso, aunque lleno de incertidumbre, también puede convertirse en una oportunidad para redescubrirnos y crecer.

    Cada 18 de diciembre se conmemora el Día Internacional del Migrante, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para reconocer la contribución de los migrantes en todo el mundo y para recordar los desafíos que enfrentan millones de personas al dejar su país de origen.

    Y si tú que nos escuchas has migrado o tienes seres queridos que lo han hecho, sabes que esta experiencia marca la vida profundamente.

    Muchos de nosotros hemos dejado nuestro país de origen buscando una vida mejor. Algunos lo hicimos por trabajo, otros por estudios, otros por amor, y otros porque quedarse ya no era una opción.

    Pero, aunque mudarse pueda sonar emocionante, la verdad es que también es bien duro. Uno deja atrás su gente, sus costumbres, su comida, su clima, su idioma… y eso no es poca cosa. Es como empezar de cero, sin un manual con instrucciones y con el corazón medio partido.

    Para entender mejor por qué lo hacemos, cómo nos afecta, y cómo podemos vivirlo de una forma que realmente tenga sentido, hoy queremos hablar con honestidad y esperanza sobre lo que significa migrar.

    ¿Por qué tantas personas toman la decisión de irse a otro lado?

    Según datos de la ONU, en el mundo hay más de 280 millones de migrantes internacionales. Eso quiere decir que casi una de cada 30 personas vive en un país diferente al que nació. Y esta cifra no para de crecer.

    ¿A qué se debe esto? Muchos lo hacen en búsqueda de trabajo, seguridad, educación o un futuro mejor para sus hijos. Otros huyen de la violencia, la pobreza, o situaciones políticas insostenibles. Y también hay muchos que migran por amor, por reunificación familiar o por oportunidades personales.

    Sea cual sea el motivo, lo cierto es que irse no es fácil. Uno no se despierta y dice: “Hoy me voy a otro país y ya”. Esa decisión se toma con el alma apretada, con lágrimas guardadas, con sueños grandes y también con miedo.

    Y es precisamente ese salto al vacío lo que hace que migrar no solo sea un cambio de dirección… sino un cambio de vida. Por eso, si tú o alguien que conoces ha migrado, entiende esto: tomar esa decisión ya fue un acto valiente. Y eso, aunque duela, tiene sentido.

    Los desafíos de ir a vivir a un lugar nuevo

    Cuando uno llega a un país diferente, hay una sensación de estar perdido. Todo es nuevo: la forma de hablar o de hablar un idioma diferente al materno, la manera de saludar, los horarios, las leyes, hasta los olores.

    A veces uno siente que no encaja, que está “fuera de lugar”. Y eso genera mucha ansiedad. Así que vemos algunos consejos para una mejor adaptación:

    Aprende el idioma local, aunque sea lo básico para comunicarte. Hablar con la gente te abre puertas.
    Observa sin prejuicios. Mira cómo se hacen las cosas en ese país, sin pensar que todo lo tuyo está mal o que lo de allá es mejor.
    Conéctate con tu comunidad. Busca grupos, iglesias, actividades donde haya otras personas como tú.
    Ten paciencia contigo mismo. Vas a cometer errores. Vas a extrañar cosas. Vas a sentirte torpe. Y eso es parte del proceso.

    Al final, uno empieza a adaptarse no porque olvide su raíz, sino porque se planta en tierra nueva y echa raíces allí también. Y eso, aunque cuesta, le da más sentido a la vida.

    El reto emocional de emigrar

    Migrar duele. No estar para los cumpleaños, para los nacimientos, para los funerales… duele. Ver crecer a tus sobrinos por fotos, saber que tus papás envejecen y tú estás lejos, eso pesa. ¿Qué se puede hacer?

    Habla de lo que sientes, no te lo tragues. Llama a tu gente, escribe, busca apoyo.
    Haz pequeñas rutinas que te conecten con tu país: una receta, una canción, una oración.
    No te aísles. Aunque tengas días en que solo quieres estar en cama, no te encierres. Sal, camina, habla con alguien.

    El duelo migratorio es real. Pero no es eterno. Cada paso que das construye algo nuevo. Aunque parezca que nada tiene sentido, recuerda que tú puedes darle propósito a ese esfuerzo.

    La familia y amigos que quedan atrás

    Cuando uno migra, no solo se va uno. Se va una parte de los que amamos también. Porque, aunque ellos se queden, sienten la ausencia todos los días.

    Hay mamás que se acuestan preocupadas porque sus hijos están lejos. Hay abuelos que añoran un abrazo. Hay hermanos que extrañan esas peleas tontas. ¿Qué podemos hacer?

    • Ser intencionales en la comunicación.
    • Incluirlos en tus logros.
    • Recordar que el amor no se mide por la distancia, sino por la constancia.

    Mantener los vínculos vivos le da más sentido a nuestra historia. Porque uno no deja atrás a su gente… los lleva por dentro.

    Hay algunas otras cosas que podemos hacer para facilitar el proceso de adaptación, como por ejemplo:

    • Conócete a ti mismo. Identifica tus emociones, tus miedos, tus fortalezas.
    • Busca redes de apoyo saludables.
    • Pide ayuda cuando la necesitas.
    • Permítete disfrutar.

    Migrar no solo es sacrificio. También es una oportunidad para crecer, aprender y soñar en grande. Cuando decides ver tu vida de migrante como parte de tu propósito, todo empieza a tener sentido.

    Veamos lo que nos dice la Palabra de Dios, donde tu vida tiene sentido

    En Mateo 2:14 leemos lo siguiente sobre José y María después del nacimiento de Jesús:
    José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto. Allí se quedó hasta la muerte de Herodes” (RVC).

    Sí, Jesús también fue migrante. Para proteger su vida, sus padres huyeron a Egipto con Él siendo un bebé. Fueron extranjeros en una tierra desconocida, lejos de su hogar, con miedo y esperanza al mismo tiempo.

    Si tú has tenido que dejar tu país, si has experimentado lo que es no pertenecer, si alguna vez te han mirado diferente o te han hecho sentir invisible… Jesús te entiende. Él no nació en una cuna de oro ni en un lugar cómodo. Desde sus primeros días conoció la incertidumbre, la huida, el desarraigo.

    Y ese Jesús, que fue un niño migrante, es el mismo que hoy camina contigo. Él conoce tu historia. Él sabe lo que cuesta dejarlo todo por algo mejor. Y Él promete estar contigo en cada paso, incluso en los que das con los pies temblando.

    En Él, no estás solo. En Él, no eres un número ni una estadística. En Él, tu vida tiene sentido.

    Conclusión

    Migrar es una mezcla de duelo y esperanza. De despedidas y nuevos comienzos. Pero, sobre todo, es una oportunidad para crecer, para servir, para amar desde otro lugar.

    Si estás migrando, o si estás acompañando a alguien que lo hace, recuerda esto: no todo va a ser fácil, pero sí puede tener propósito.

    Cuando eliges vivir con intención, con humildad, con esperanza… entonces sí, tu vida tiene sentido.


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