• noviembre 18, 2021
  • Diferentes en la percepción de la realidad – Parte 2

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  • Introducción

    En este programa queremos conversar nuevamente acerca de las diferencias que tenemos los hombres y las mujeres en la percepción de la realidad y cómo evitar las discusiones.

    Recordemos que dialogar es todo un arte, es el arte de buscar entre dos o más personas una verdad, una solución, una respuesta, partiendo tal vez desde puntos de vista distintos, de prejuicios personales, de formas propias de ver la realidad. Este arte es hermoso, pues acerca a los seres humanos. Es un arte que supone actitudes de respeto, de humildad, de amor a la verdad.

    Pero, lamentablemente, la forma más común con la cual los seres humanos nos relacionamos, es discutiendo. La discusión es una falsa forma de diálogo que hiere, que crea resentimientos, que impide encontrar la verdad de las cosas.

    Anteriormente hemos hablado acerca de algunos puntos que pueden ayudarnos a mantener un diálogo, así es que hoy vamos a conversar sobre los elementos que estropean el diálogo y las actitudes que ayudan a construir un verdadero diálogo.

    1. Elementos que estropean el diálogo

    En el interior del hombre y de la mujer la falta de diálogo y el abuso de discusiones responde muchas veces a ideas preconcebidas que se podrían enumerar de la siguiente forma.

    a. El hombre discute porque en los diálogos se siente criticado o rechazado, porque no se siente admirado; porque no se siente animado, porque no se siente valorado; porque no se siente digno de confianza; porque no se siente respetado; porque se siente infravalorado para ciertos temas. En el fondo esto es lo que siente muchas veces y ello lo conduce a discutir agriamente o a evitar el diálogo encerrándose en sus silencios.

    b. La mujer discute porque en los diálogos se siente despreciada; porque se siente infravalorada; porque se siente acusada; porque siente que su opinión tiene poco valor; porque que no existe para él; porque se siente descalificada; porque se siente herida en sus sentimientos. Por lo mismo, se refugia en su ira callada o se exalta excesivamente, perdiendo su armonía.

    2. Actitudes que construyen el diálogo

    Si el matrimonio es por definición «una vida en común», la comunicación se convierte automáticamente en ese instrumento válido para potenciar el acercamiento, el conocimiento, la comprensión mutua. Y dentro de la comunicación hay que potenciar el diálogo, fomentando actitudes positivas que acerquen los corazones.

    Las más importantes de esas actitudes, son:

    a. Saber escuchar: escuchar es más que oír. Es entender las palabras, leer los sentimientos, captar las emociones, interpretar los silencios, comprender los comportamientos, sacar conclusiones de las reacciones. Es, por ello, un arte difícil. Exige esta actitud el tratar de meterse en la piel de la otra persona y desde la otra persona comprender las cosas.

    b. Tener respeto: respetar es aceptar a la otra persona y sus opiniones con ánimo abierto. Y el respeto afecta la visión de las cosas de la otra persona, sus enfoques de los problemas, sus diferencias respecto a uno mismo. De entrada, en el respeto siempre se da un fenómeno: me interesa el punto de vista de la otra persona, aunque tal vez termine no comprendiéndolo. Esta actitud se basa en tener humildad para reconocer que los demás me pueden enriquecer.

    c. Actuar con delicadeza: El diálogo en el matrimonio debe estar marcado por el tacto, la consideración, la cortesía, la educación. Se facilita el diálogo cuando marido y mujer saben sentarse cara a cara sabiendo cuándo y cómo decirse las cosas y tomar conciencia de la trascendencia de otras. Delicadeza es la capacidad de decirse las cosas sin herir, sin humillar, sin provocar culpabilidades.

    d. Demostrar interés: Nunca es una salida correcta huir del diálogo amenazando convertirlo en discusión. Generalmente, en un matrimonio los temas son de interés común pues afectan a la vida y desarrollo de lo que los esposos más deberían cuidar. Por ello, es signo de abandono afectivo cuando no se saben enfrentar, aunque sea con ardor, los problemas de una vida familiar o de una vida en común, aunque no se tengan los mismos puntos de vista.

    e. Ser sincero: Al dialogar, aun en temas candentes, hay que buscar siempre por encima la verdad, esa verdad que está por encima de los sentimientos y del orgullo propio. La verdad no pertenece a nadie y está por encima de todos. Además hay que buscar la verdad basándose en el bien auténtico de las personas, de la familia.

    f. No perder el buen humor: Hay que aprender a dialogar, incluso sobre temas serios, con cierta dosis de humor. Muchas tensiones se suavizarían con un poco de humor y de alegría, con una sonrisa, con un comentario gracioso. No vale la pena querer arreglar el mundo, manteniendo un espíritu triste y acongojado.

    g. Elegir el momento adecuado: Con frecuencia, gran parte de las discusiones entre esposos nace de querer afrontar un tema en un momento inoportuno. Hay tiempo para todo y debe haber tiempo para tratar temas de interés, buscando el bien y la verdad. Se requiere para ello además saber escoger el momento, el lugar, la soledad. Los cónyuges deben planear esto con un poco de inteligencia. En un clima de paz y tranquilidad hasta los temas importantes encuentran más fácilmente respuesta.

    h. Tener la humildad de pedir ayuda: Muchos diálogos no se convertirían en discusiones si los cónyuges buscaran ayuda externa para enfrentar temas a los que ellos difícilmente pueden encontrar respuesta. Con frecuencia sucede que, partiendo de una visión subjetiva de la realidad, el enfrentamiento se hace realidad y se prolonga porque nadie ayuda a encontrar la objetividad o el punto de equilibrio adecuado. Por ello, se trata de abrirse a la ayuda externa o al consejo de profesionales en un determinado tema.

    Conclusión

    En la relación de pareja muchos de los momentos más difíciles de los cónyuges obedecen a discusiones inútiles que, en lugar de favorecer la armonía y el encuentro, alejan a los cónyuges entre sí, provocando daños irreparables a la vida conyugal.

    Recordemos que la pareja no tiene simplemente «que soportarse». El amor debe crecer y crecer mucho. Debe convertirse en el garante de la felicidad y de la duración del matrimonio. Más allá de una estética de fidelidad o deber, o de miedo a volver a empezar, el matrimonio debe basarse en la alegría y el gozo de amar y de sentirse amados, de comprender y de sentirse comprendidos, de respetar y sentirse respetados.

    Propongámonos seriamente conocer a fondo la realidad del sexo opuesto, partiendo de la base que Dios nos hizo diferentes para enriquecernos a través de esas diferencias.

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