• abril 16, 2026
  • Las Heridas de tu infancia (Parte I)

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  • Introducción

    Dicen que cada cicatriz cuenta una historia, y creemos que cada herida de nuestra infancia es una marca que nos conecta con algo doloroso de nuestra infancia y que —queramos o no— sigue repercutiendo, aunque seamos adultos. En este episodio, Luciano y Noemí inician una serie de dos programas en los que tratarán cómo las heridas de nuestra niñez pudieran perdurar para siempre.

    Puede que recuerdes frases que escuchaste de niño y que todavía te duelen. Quizás hubo momentos donde te sentiste abandonado, juzgado o ridiculizado, y aunque ya estás grande, esas memorias siguen apareciendo de vez en cuando.

    En su libro “Transforma las heridas de tu infancia,” la psicóloga Anamar Orihuela explica que esas experiencias no resueltas se convierten en marcas profundas que influyen en nuestra manera de vivir, de relacionarnos, de confiar… y hasta en cómo nos hablamos a nosotros mismos.

    La buena noticia es que esas heridas sí pueden transformarse. No es un proceso rápido ni mágico, pero con conciencia, paciencia y pasos prácticos, podemos comenzar a sanar y a vivir con más libertad.

    Porque cuando entiendes tu pasado y lo abrazas con intención de crecer, tu vida tiene sentido.

    ¿Qué son esas heridas de la infancia?

    Son experiencias dolorosas que vivimos de pequeños y que de alguna manera nos han dejado marcas emocionales. No necesariamente fueron grandes tragedias: a veces fue la ausencia de papá o mamá en momentos importantes, burlas en la escuela, sentir que no eras escuchado, o que siempre te comparaban con alguien más.

    Cuando un niño no entiende por qué le pasa eso, suele crear “máscaras” para sobrevivir: aparentar seguridad cuando en realidad siente miedo; mostrarse fuerte, aunque por dentro esté triste; o complacer a todos para evitar ser rechazado otra vez. Y esas máscaras, si no las reconocemos, se quedan con nosotros hasta la adultez.

    Las cinco heridas más comunes

    1. Rechazo
    Generalmente, esta herida aparece cuando el niño siente que no es querido o que no encaja. De adultos, muchas veces nos hace sentir que no valemos lo suficiente, o que tenemos que ser “perfectos” para que nos acepten.

    2. Abandono
    Surge cuando experimentamos ausencia física o emocional de papá o mamá. Ya de adultos, se traduce en miedo a la soledad o en dependencia exagerada de los demás.

    3. Humillación
    Ocurre cuando nos avergonzaron o ridiculizaron, a veces sin mala intención. En la adultez, puede convertirse en inseguridad, dificultad para expresarse, o en hacer bromas de uno mismo antes de que lo hagan los demás.

    4. Traición
    Nace cuando alguien en quien confiábamos nos falló o no cumplió su palabra. Eso se arrastra como desconfianza, celos, o necesidad de control.

    5. Injusticia
    Aparece cuando sentimos un trato desigual o que las exigencias eran demasiado altas. Cuando crecemos, esta herida puede hacernos perfeccionistas o muy duros con nosotros mismos y con otros.

    ¿Cómo nos afectan en nuestra vida adulta?

    Lo interesante es que estas heridas no se quedan en la niñez, sino que siguen influyendo en nuestra vida adulta:

    + En cómo reaccionamos cuando alguien nos critica.
    + En cómo enfrentamos los conflictos de pareja.
    + En la manera en que criamos a nuestros hijos.
    + Incluso en cómo nos tratamos a nosotros mismos.

    A veces pensamos: “así soy yo, punto”. Pero la verdad es que mucho de lo que llamamos “carácter” son reacciones aprendidas de esas heridas.

    La invitación de Anamar Orihuela en su libro es a mirar de frente esas heridas. No para culpar a nuestros padres o a la vida, sino para reconocer lo que pasó y empezar a sanar con madurez.

    Porque cuando te das permiso de ver tu dolor como una oportunidad de crecer, tu vida tiene sentido.

    Consejos prácticos para empezar a sanar tus heridas de la infancia

    1. Ponle nombre a tu herida.
    Pregúntate: ¿me duele más el rechazo, el abandono, la humillación, la traición o la injusticia? Nombrarla es el primer paso para no seguirla cargando en silencio.

    2. Escribe lo que recuerdas.
    Tómate unos minutos para anotar experiencias de tu niñez que todavía te pesan. Verlas en papel te ayuda a reconocer patrones y a quitarles parte del poder que ejercen en tu mente.

    3. Cuida tu diálogo interno.
    Cambia frases como “soy un fracaso” por “estoy aprendiendo,” o “nadie me quiere” por “tengo valor, aunque otros no lo reconozcan”. Hablarte con respeto es una forma de sanar.

    4. Busca espacios de apoyo.
    No tienes que trabajar tus vivencias en soledad. Conversa con un amigo de confianza, busca un terapeuta en tu comunidad o un grupo de apoyo en tu iglesia. Compartir lo que sientes te da perspectiva.

    5. Aprende a poner límites.
    Si tu herida está relacionada con abandono o abuso de confianza, practica decir “no” con respeto. Un límite sano no aleja, ordena la relación.

    6. Celebra pequeños avances.
    No esperes sanar todo en un día. Reconoce cada paso: si lograste hablar de algo que nunca habías compartido, si fuiste honesto contigo mismo o si simplemente te diste permiso de llorar.

    7. Busca ayuda profesional o pastoral cuando sea necesario.
    Hay heridas tan profundas que necesitarán un acompañamiento especializado. Un psicólogo, un consejero familiar, o tu pastor, pueden ser guías importantes en el proceso de sanación. Dar ese paso no significa debilidad, significa valentía.

    8. Da espacio a la fe y a la esperanza.
    Recuerda que tu valor no depende de lo que pasó en tu infancia, sino de lo que Dios ya hizo por ti en Cristo. Cada día es una oportunidad nueva para crecer.

    Donde tu vida tiene sentido
    La Biblia nos recuerda que no estamos atrapados en lo que pasó en nuestro pasado. En 2 Corintios 5:17 (RVC), San Pablo escribe:
    “De modo que, si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación; lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo”.

    Esto significa que nuestras heridas no definen nuestro futuro. Aunque los recuerdos todavía duelan y sigamos luchando con las consecuencias, en Cristo ya tenemos una vida nueva. En el Bautismo, hemos recibido una identidad que no depende de lo que sufrimos en la niñez, sino de lo que Él hizo por nosotros en la cruz y la resurrección.

    Porque Jesús cargó con nuestras heridas y nos perdonó, tu vida tiene sentido.

    Porque en Él recibes una nueva identidad, tu vida tiene sentido.

    Porque su gracia te libera de la condena del pasado y te sostiene hoy, tu vida tiene sentido.

    Conclusión

    En esta ocasión, hemos hablado de las heridas más comunes de la infancia: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. Vimos cómo esas experiencias se reflejan en la vida adulta y cómo muchas veces condicionan la manera en que actuamos y nos relacionamos.

    Reconocerlas no es un acto de debilidad, al contrario: es un acto de valentía. Es aceptar que todos tenemos marcas, pero que esas marcas no son el fin de la historia.

    Porque cuando reconoces tu dolor y lo entregas a Dios, Él mismo te sostiene, te perdona y te da fuerza para caminar hacia adelante… por eso y más, tu vida tiene sentido.

     


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