Continuamos tratando el tema de las marcas que vienen de nuestra infancia y que impactan nuestra vida hoy. Este episodio es la segunda parte de esta conversación tan oportuna y relevante.
En nuestro programa anterior les hablamos sobre esas heridas que cargamos desde pequeños: rechazo, abandono, humillación, traición, injusticia. Dijimos que, aunque ya seamos mayores, esas experiencias brotan de nosotros en la manera en que pensamos, reaccionamos y hasta en cómo nos tratamos a nosotros mismos.
Con el paso del tiempo hemos aprendido que ser adultos no significa que todo quedó resuelto. Muchos de nosotros, aunque ya trabajamos, tenemos familia o incluso nietos, todavía escuchamos dentro de la cabeza esa vocecita del niño que fuimos. Esa voz que dice: “no vales”, “te van a dejar”, “seguro lo hiciste mal”. Y a veces ni siquiera nos damos cuenta de dónde viene.
Como latinos, además, cargamos con una cultura donde la familia es todo. ¡Y claro que eso es hermoso! Pero también hace que las comparaciones, los gritos, o la falta de tiempo de mamá o papá hayan dejado huellas profundas.
Un oyente nos contaba hace poco: “Yo crecí escuchando que nunca sería tan responsable como mi hermano mayor. Y todavía hoy, cuando mi jefe me corrige algo, siento que soy ese niño al que siempre le faltaba algo.” El tiempo pasa, pero las heridas siguen apareciendo en la vida diaria.
Ahora bien, la buena noticia es que esas heridas no tienen que definirnos para siempre. La psicóloga Anamar Orihuela, en su libro “Transforma las heridas de tu infancia”, explica que lo primero es reconocer lo que pasó, y luego empezar a trabajar en cómo vivir de una manera distinta. No se trata de culpar a nuestros padres, porque la mayoría hizo lo que pudo con lo que tenía. Se trata de ver de frente lo que nos pasó y decidir que ya no queremos vivir desde ese dolor, sino desde la madurez.
El libro de Anamar Orihuela nos muestra que muchas de las luchas que enfrentamos en la vida adulta tienen raíces en lo que vivimos de niños. Experiencias de rechazo, abandono, humillación, traición o injusticia se convierten en heridas emocionales profundas que, si no se reconocen, siguen influyendo en nuestra autoestima, en cómo nos relacionamos con otros y en la forma en que enfrentamos los retos de la vida.
Para protegernos, de pequeños aprendimos a usar “máscaras” como la del fuerte que nunca muestra emociones, la del perfeccionista que nunca se permite fallar, o la del complaciente que siempre busca aprobación. Sin embargo, esas defensas que nos ayudaron a sobrevivir en su momento se vuelven cadenas que limitan nuestra autenticidad de adultos.
Orihuela propone que sanar no es borrar lo vivido ni culpar a los demás, sino acercarse al dolor que sentimos y trabajarlo con madurez: nombrar la herida, identificar los patrones que repetimos, cambiar el diálogo interno lleno de juicios, practicar el perdón como un proceso liberador, aprender a poner límites sanos y buscar ayuda profesional o espiritual cuando sea necesario.
También invita a crear nuevas rutinas que nutran nuestra vida, como escribir, dibujar, agradecer, compartir y darnos permiso de disfrutar. Su mensaje central es claro: las heridas de la infancia forman parte de nuestra historia, pero no tienen que dictar nuestro destino. Cuando las reconocemos y empezamos a transformarlas, descubrimos que es posible vivir con más libertad, relaciones más sanas y una vida con sentido.
Queremos darte pasos claros, ejemplos sencillos y consejos que tú mismo puedes aplicar en tu día a día aquí en Estados Unidos, donde la vida muchas veces va rápido y no nos damos el tiempo de mirar hacia adentro.
1. Reconoce la máscara que usas
Cuando éramos niños y pasamos por momentos duros, aprendimos a protegernos poniéndonos una “máscara”:
+ El fuerte que nunca llora.
+ El chistoso que hace bromas para que no lo hieran.
+ El complaciente que siempre dice “sí” para que lo quieran.
+ El perfeccionista que no se permite fallar.
Ejemplo: un muchacho que siempre actúa como el alma de la fiesta, pero en el fondo se siente inseguro. Esa es la máscara que aprendió a usar.
2. Haz ejercicios sencillos para sanar
+ Escribe una carta: pon en palabras lo que hubieras querido decir. No tienes que dársela a nadie, solo es para liberar lo que quedó guardado.
+ Haz un dibujo: a veces lo que no sabemos explicar con palabras se entiende mejor en un papel.
+ Cambia el cassette interno: si tu mente dice “yo no sirvo”, respóndete: “tengo valor, aunque me equivoque”.
3. Aprende a relacionarte de una manera distinta
Si tu herida es de abandono, es normal que te dé ansiedad cuando alguien no contesta de inmediato. En vez de explotar, practica la calma y habla claro.
Si tu herida es de injusticia, aprende a disfrutar tus logros sin exigirte perfección.
Ejemplo: Un padre que reconoce que a veces les grita a sus hijos igual que le gritaban a él, y decide parar ese ciclo hablando con más calma.
4. Perdonar como un proceso
El perdón no significa decir que lo que pasó estuvo bien. Lo que pasó, quedó atrás y nada puede cambiarlo. El perdón es más bien soltar el peso que has cargado demasiado tiempo. Puede empezar con algo tan simple como escribir “te perdono” en una carta a alguien que te hirió, aunque nunca la entregues.
5. Busca ayuda cuando lo necesites
Hay heridas que uno no puede trabajar solo, y pedir ayuda no es debilidad: es valentía. Puede ser un psicólogo, un consejero, o un líder espiritual en quien confíes. Lo importante es no quedarse callado.
6. Crea rutinas que te nutran
Sanar también tiene que ver con llenarte de cosas buenas:
+ Anotar tres cosas por las que agradeces cada noche.
+ Salir a caminar 15 minutos al día.
+ Escuchar un devocional breve o leer un salmo que te dé paz.
+ Aprender algo nuevo, cocinar una receta, o ayudar a alguien en tu comunidad.
7. Recuerda que sanar es un proceso
Esto no se resuelve en un día. Es paso a paso, y cada avance cuenta. A veces será un paso adelante y otro atrás, pero lo importante es seguir en camino.
Porque cuando caminas con paciencia y esperanza, tu vida tiene sentido.
Donde tu vida tiene sentido
En Jeremías 30:17 (RVC) el Señor promete:
“Yo te devolveré la salud, y sanaré tus heridas —afirma el Señor—”.
Esta promesa no significa que nunca más sentiremos dolor o que de pronto vamos a olvidar lo que nos pasó en la niñez. Lo que sí asegura es que nuestro Dios no es indiferente a lo que cargamos. Él conoce nuestras heridas y actúa para darnos sanidad y esperanza.
Esta promesa se cumple de manera concreta en Jesús: en su cruz llevó nuestros pecados y dolores, y en el Bautismo nos unió a su muerte y resurrección. Allí nos dio una nueva identidad: hijos amados, no definidos por lo que sufrimos, sino por lo que Él sufrió por nosotros.
Sanar en Cristo no siempre significa que la cicatriz desaparece, sino que esa herida ya no manda sobre nuestra vida, sino que tiene un propósito. Dios la usa para recordarnos su gracia, y nos sostiene con su perdón día tras día a través de sus medios: su Palabra, el Bautismo que nos hizo suyos, y la Cena del Señor que nos fortalece en medio de la debilidad.
Por eso podemos decir:
+ En Cristo, la restauración es real.
+ En Cristo, tus heridas no tienen la última palabra.
+ En Cristo, tu vida tiene sentido, aun con cicatrices.
En esta serie de dos episodios hablamos de pasos prácticos para trabajar en esas heridas que arrastramos desde la infancia: reconocer las máscaras que usamos, escribir o dibujar lo que sentimos, cambiar algunos pensamientos internos que habitan en nuestra mente, practicar el perdón, poner límites, buscar ayuda y crear nuevas rutinas que nos nutran.
Sanar no es un evento único, es un camino que pudiera ser largo y tedioso pero que vale la pena transitar. Pero ese proceso no lo caminamos solos: Dios nos acompaña y nos sostiene con su gracia.
Porque cuando Dios sana las heridas de tu niñez y te recuerda que no estás solo, tu vida tiene sentido.